Publicación:
Diario del Alto Aragón
Fecha: 26 Marzo 2006
Página: 4
Sección: Historiagrafía
Texto: José Bibián Carrera
Una
abadía de Tramacastilla (s.XVI) adaptada para hotel
de montaña
Luis Serrano, arquitecto de este Hotel de Montaña,
ha conseguido el aprovechamiento funcional del espacio, para
un planteamiento arquitectónico, basado en la integración
medioambiental y cálida respuesta a las necesidades
del visitante, pues estima que deben cobijarse en recintos
cálidos, con el confort de lo familiar. Esto, más
o menos, ha dicho el autor de esta espléndida obra
catalogada dentro del apartado de Hoteles con Encanto, con
una recepción que procura ser un espacio agradable.
Junto a los ascensores y escalera principal nos encontramos
con un salón de estancia sosegada, propio para relajada
charla, en un ambiente intimista. Tiene el Hotel espacios
para eventos diversos, junto a 26 habitaciones/suite, diferenciando
con grandes cristaleras la zona de vestidor y aseo.
Estamos en la época de SPA (salus per aquam) y el
Hotel se apunta a ello, con sus tratamientos de hidroterapia,
tratamientos corporales, facial y otros de alta cosmética,
añadiendo al disfrute sensorial, colores, textura,
aroma y sabores.
Siempre repito mi complacencia por rehabilitas estos edificios,
rescatándolos de la desaparición y del olvido,
aunque a veces terminen en edificios modernistas, sin vestigio
alguno de lo antiguo. No es el caso de “El Privilegio
de Tramacastilla”, cuya denominación viene y
se debe a Carlos V que concedió “privilegios”
a los pueblos montañeses con Escuelas de Artes, que
serían lo equivalente a los Institutos de Enseñanza
Media.
Al reseñar la historia de Tramacastilla nos olvidamos,
por una vez, de Madoz, ya que D. Manuel Gómez de Valenzuela
-diplomático- con muchos libros sobre el Valle de Tena,
es un interlocutor muy válido. En este valle existían
3 Quiñones y Tramacastilla formaba parte del denominado
Partacua. Los Quiñones eran concejos agrupados en unos
Entres cuya Junta administraba los intereses comunes a sus
componentes (caminos, puentes, pastos, etc.). Por encima de
los Quiñones estaba la Junta General del Valle, presidida
por el Justicia. Asistía como asesor jurídico
un Notario. Hay que decir que en la Zona existián muchos,
que trabajaban en las cabeceras del Quiñón.
Podemos citar a personas de las dinastías de los Guillén
y los Blascos. Los Notarios llevaban unas vestimentas que
delataba su procedencia de familias nobles y adineradas. Todos
llevaban elegantes sombreros traídos de Francia. Los
trajes que llevaban los habitantes del valle eran “rudos
y severos”, de mucho abrigo, para soportar el clima
invernal. Funcionaba una cierta industria textil, hasta finales
del Siglo XVIII. La presencia de estos letrados era signo
de un alto nivel cultural y daban fe de los actos jurídicos
de las instituciones familiares aragonesas. Los historiadores
han encontrado un filón para investigar, pues todos
estos actos de derecho privado tenían el soporte documentado
que ahora se investiga. Los tensinos se preocupaban de educar
con esmero a sus hijos, lo que dio lugar que además
de Notarios, surgieran ilustres intelectuales, cuya lista
sería interminable.
Baste mencionar a los Martón, donde hubo un prelado
relacionado con el antiguo reino de Nápoles, al que
Clemente VI nombró Obispo de esa sede italiana. Otro
Martón, llegó a Catedrático de la Universidad
de París. Juan Pedro Pellicer fue escritor de la zona,
de ascendencia francesa. Vicente Blasco de Lanuza, gran historiador,
además de doctor teólogo, tiene una extensa
producción literaria, entre ella dos biografías
de San Pedro de Arbués, una de ellas en latín.
Podría seguir con el benedictino Fray Francisco Blasco
Lanuza, el Jurista Juan Raimundo Martón y más
reciente Mariano Royo Urieta (1825), Ingeniero de Caminos,
al que se debe la subida del Escalar al Balneario de Panticosa
y el abastecimiento de aguas en el Barrio zaragozano de Casablanca.
Dicen que tuvo un papel decisivo en la fundación de
la CAZAR y en las obras de la línea ferroviaria de
Canfranc. Pueden presumir los tensinos, de ser –tal
vez- la zona más culta del Alto Aragón.
Existían muchas casas de infanzones, que alzaban
sus apuestos y gallardos torreones sobre el caserío,
como los de López de Tramacastilla. En la casa familiar,
existía “el arca del privilegio”, con su
triple llave. El Siglo XVII, fue época de brujas y
posesión diabólica, llegando estos asuntos hasta
Felipe IV, concluyendo con la condena de Pedro de Arruebo,
el supuesto hechicero. Los curas de aquellos años,
compaginaban su ministerio con los trabajos en el campo y
el Obispo de Jaca les prohibió que dijeran misa con
“abarcas”.
Había minas de plata y en 1525, Don Pedro de Luna,
Barón de Illueca, presentó a la Junta el privilegio
de Carlos I, concediéndole la explotación de
las minas de plata del valle.
Volviendo al Embajador Gómez de Valenzuela, nos habla
de las Cofradías de Infanzones de Tramacastilla, bajo
la advocación del Señor Santiago, por testimonios
encontrados del Padre Martón y documentos notariales
dispersos en protocolos, que nos informan de sus actividades,
constituyendo un testimonio importante desde el punto de vista
genealógico, histórico, sociológico y
también gastronómico, siendo reprendidos por
la Autoridad Eclesiástica, viendo los excesos que se
cometían en el “llantar”. Tenían
Estatutos donde se revela el orgullo de linaje de aquellos
hidalgos, herederos de sus predecesores, que por sus servicios
al Rey, fueron recompensados con privilegios, entre ellos,
el de sus predecesores, que por sus servicios al Rey, fueron
recompensados con privilegios, entre ellos, el de no pagar
maravedí ni otra pecha alguna.
Como he dicho tenían especial relieve las referencias
a la parte gastronómica de las reuniones anuales, con
regocijantes descripciones de los menús que se servían
en los días del sitio, que debían constituir
unas lifaras verdaderamente pantagruélicas. Los actos
religiosos se limitaban a la misa anual el día del
patrón y una de difuntos por los hermanos cofrades
fallecidos. Asistían al rezo de vísperas, se
cantaba una solemne misa y después de ella tres responsos
y a continuación tenía lugar el banquete. En
Tramacastilla, a quien osara blasfemar en tan devotas reuniones
(?), se le obligaba a besar una cruz trazada en el suelo.
Las ordenaciones excluyen repetidamente de los ágapes
a los excomulgados y prohíben decir palabras deshonestas
a los otros cofrades, los ademanes amenazantes y tomar piedra
o rancar puñal contra los hermanos del capitol. Estas
normas revelan el talante pendenciero de aquellos tensinos.
Debo ajustarme alo establecido en cuestión de espacio,
pero diré aque aquellas cofradías no resistieron
los nuevos tiempos, y como he dicho, el ilustrado obispo de
Jaca Don Juan Domingo Manzano de Carvajal, tronaba en sus
cartas pastorales contra los excesos y denunciaba que el fin
de estas reuniones era más para juntarse a comer y
beber que para el culto y la devoción. Luego vino la
invasión francesa de 1808 con un sinfín de calamidades,
arruinando a estas asociaciones. Otros ideales sustituían
a los afanes nobiliarios: la igualdad primaba sobre la nobleza
de sangre, perdiendo los privilegios de que antes disfrutaba,
comenzaban a pagar impuestos y perdían la reserva al
exclusivo desempeño de determinados cargos concejiles
y prebendas. Como se ve, oco ha cambiado la vida social de
nuestros días en relación con pretéritas
épocas.
Mil gracias al embajador Gómez de Valenzuela, ya retirado,
por conservar y divulgar estas esencias del pasado.
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